Vacunación del adulto con diabetes, EPOC o enfermedad renal en 2025

La vacunación del adulto con enfermedades crónicas ha dejado de ser un asunto limitado a la campaña de gripe. En 2025, la consulta de medicina de familia debe integrar el riesgo individual, la edad, los tratamientos inmunosupresores, los antecedentes vacunales y las recomendaciones vigentes en cada comunidad autónoma. Diabetes mellitus, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y enfermedad renal crónica (ERC) comparten una mayor probabilidad de infección grave, hospitalización y descompensación de la enfermedad de base.

La actualización exige evitar dos errores frecuentes: aplicar un calendario idéntico a todas las personas con una misma etiqueta diagnóstica o asumir que una vacuna administrada hace años cubre indefinidamente cualquier escenario. La historia clínica electrónica puede ayudar, pero la decisión final requiere comprobar registros, intervalos, contraindicaciones y el momento clínico más adecuado.

Situación clínica Vacunas prioritarias Aspectos prácticos en 2025
Diabetes mellitus Gripe, COVID-19, neumococo, herpes zóster y Td Revisar complicaciones, edad, vacunación previa y control metabólico
EPOC Gripe, COVID-19, neumococo y herpes zóster El riesgo aumenta con edad, exacerbaciones, oxigenoterapia y comorbilidad cardiovascular
Enfermedad renal crónica Gripe, COVID-19, neumococo, hepatitis B y herpes zóster Anticipar la vacunación antes de diálisis o trasplante cuando sea posible
Edad avanzada o inmunosupresión Gripe, COVID-19, neumococo, zóster y otras según antecedentes Individualizar la respuesta esperada y el momento respecto al tratamiento

Qué cambia en la práctica durante 2025

El calendario común de vacunación para toda la vida y las recomendaciones para grupos de riesgo consolidan una estrategia basada en la edad y en las condiciones clínicas. En adultos con diabetes, EPOC o ERC, la vacuna antigripal anual y la protección frente a COVID-19 siguen siendo pilares, aunque la indicación concreta y la campaña pueden variar según las autoridades sanitarias. La inmunidad disminuye con el tiempo y las enfermedades crónicas elevan el impacto de una infección respiratoria.

La vacunación frente al neumococo ha experimentado una transición relevante hacia esquemas más sencillos con vacuna conjugada de mayor valencia, especialmente la vacuna conjugada de 20 serotipos (VNC20). La pauta exacta depende de si la persona recibió previamente VNC13, vacuna polisacárida de 23 serotipos (VNP23) u otra combinación, además de su edad y nivel de riesgo. No conviene reiniciar automáticamente una pauta sin revisar las dosis documentadas y los intervalos.

Las recomendaciones nacionales sirven de marco, pero la financiación, la disponibilidad y algunos grupos priorizados pueden diferir entre comunidades autónomas. Por ello, la actualización debe traducirse en una comprobación local del calendario y no en la aplicación mecánica de una pauta publicada en otro territorio.

Diabetes: riesgo infeccioso y oportunidades perdidas

La diabetes se asocia con alteraciones de la inmunidad innata y adaptativa, peor evolución de algunas infecciones y mayor riesgo de ingreso. La vacunación contra gripe y COVID-19 debe ofrecerse incluso cuando el control glucémico sea aceptable, porque el riesgo no desaparece con una hemoglobina glucosilada cercana al objetivo. Durante una infección respiratoria, además, aumentan la hiperglucemia, la deshidratación y la probabilidad de descompensación metabólica.

La vacuna antineumocócica merece especial atención en personas con diabetes, sobre todo si existen enfermedad cardiovascular, nefropatía, edad avanzada o antecedentes de neumonía. La VNC20 puede simplificar la protección en adultos que cumplen criterios, pero el profesional debe consultar la pauta autonómica y los antecedentes registrados. La vacunación puede administrarse en una visita de seguimiento, sin esperar a una descompensación o a una revisión anual específica.

El herpes zóster también debe revisarse en adultos con diabetes, conforme a la edad y a los grupos de riesgo establecidos. La vacuna recombinante es inactivada y requiere dos dosis; la respuesta puede ser menor en personas inmunodeprimidas, aunque sigue aportando una protección clínicamente relevante. Conviene explicar que su objetivo es prevenir el zóster y, especialmente, complicaciones como la neuralgia posherpética.

EPOC y prevención de exacerbaciones

En la EPOC, la gripe puede precipitar exacerbaciones, insuficiencia respiratoria y hospitalización. La vacunación anual debe integrarse en el plan de autocuidado junto con el abandono del tabaco, la revisión del tratamiento inhalado y la detección de síntomas de alarma. La administración durante una fase estable es preferible, pero una exacerbación reciente no debería convertirse en una razón indefinida para posponerla.

La protección frente al neumococo resulta especialmente importante cuando existe obstrucción grave, antecedentes de ingresos, cardiopatía, uso prolongado de corticoides sistémicos o edad avanzada. La evaluación no debe centrarse solo en el valor del FEV1: el riesgo global depende también de fragilidad, comorbilidades y frecuencia de exacerbaciones. La VNC20 permite en muchos casos una pauta más manejable, aunque los pacientes previamente vacunados necesitan una decisión basada en su historial.

COVID-19 y gripe pueden coexistir con una infección bacteriana o agravar la inflamación respiratoria. Por ello, no es razonable presentar una vacuna como sustituta de las demás. Las vacunas pueden administrarse en la misma visita cuando esté indicado, utilizando lugares anatómicos distintos y explicando la posibilidad de reacciones locales o malestar transitorio. Mantener la prevención respiratoria también reduce la carga asistencial en los meses de mayor circulación viral.

Enfermedad renal crónica, diálisis y trasplante

La ERC modifica la respuesta inmunitaria desde fases relativamente tempranas y el riesgo se intensifica en la enfermedad avanzada, la hemodiálisis, la diálisis peritoneal y el periodo posterior al trasplante. La vacuna antigripal anual, la protección frente a COVID-19 y el neumococo forman el núcleo de la prevención. La oportunidad es esencial: antes de iniciar diálisis o inmunosupresión se puede obtener una respuesta inmunitaria más sólida.

La hepatitis B requiere una planificación específica en pacientes con ERC avanzada que probablemente necesitarán hemodiálisis. La respuesta a la vacunación puede ser inferior a la de la población general, por lo que se utilizan pautas, dosis y controles serológicos adaptados al protocolo local. En las personas en diálisis, la comprobación periódica de anticuerpos y la consideración de dosis de recuerdo deben coordinarse con nefrología y el servicio de vacunación.

En candidatos a trasplante renal, las vacunas vivas atenuadas deben administrarse antes de la inmunosupresión cuando estén indicadas y sea seguro hacerlo. Después del trasplante, se priorizan las vacunas inactivadas o recombinantes, pero el momento depende del tipo de inmunosupresión y de la situación clínica. Una revisión pretrasplante debe incluir también sarampión, rubéola, varicela, tétanos, difteria, tosferina, meningococo y hepatitis según antecedentes y riesgo.

Herpes zóster, virus respiratorios y edad avanzada

La vacuna recombinante frente al herpes zóster ocupa un lugar creciente en la prevención del adulto mayor y de determinados grupos de riesgo. La diabetes, la EPOC y la ERC pueden coexistir con inmunosenescencia, polifarmacia y fragilidad, factores que aumentan la probabilidad de complicaciones. La indicación debe ajustarse a la edad y a los criterios oficiales, sin confundirla con la vacuna viva utilizada en programas antiguos.

La estrategia frente a COVID-19 se basa en campañas estacionales y refuerzos para personas con mayor riesgo de enfermedad grave. La composición de las vacunas se adapta a las variantes circulantes, por lo que una infección previa no elimina automáticamente la indicación. El intervalo desde una infección o una dosis anterior debe seguir las recomendaciones sanitarias vigentes, especialmente en pacientes sometidos a diálisis, quimioterapia o tratamientos inmunomoduladores.

Las vacunas frente al virus respiratorio sincitial pueden considerarse en personas mayores y en adultos con enfermedades crónicas respiratorias o cardiovasculares, de acuerdo con la disponibilidad y la política de cada sistema sanitario. En EPOC avanzada o con múltiples factores de riesgo, la decisión debe incorporar edad, historial de exacerbaciones y circulación viral. La evidencia continúa ampliándose, por lo que es importante distinguir una recomendación financiada y priorizada de una opción autorizada pero no incluida para todos los adultos.

Cómo revisar el calendario sin perder seguridad

Una consulta estructurada puede comenzar con cinco datos: edad, diagnósticos y gravedad, medicación inmunosupresora, vacunas previas y fecha prevista de procedimientos o tratamientos. También conviene preguntar por reacciones alérgicas graves, embarazo cuando sea pertinente, infección aguda moderada o grave y antecedentes de infección por varicela o herpes zóster. El objetivo es identificar oportunidades en la misma visita, sin convertir la revisión en un trámite aislado.

Las vacunas no vivas suelen poder administrarse en personas con diabetes, EPOC o ERC, incluso cuando reciben muchos tratamientos. Una infección leve sin fiebre alta no suele obligar a aplazar la vacunación, mientras que una enfermedad aguda importante puede justificar esperar a la estabilización. Las vacunas vivas atenuadas requieren mayor precaución en inmunodeprimidos y en pacientes trasplantados, y deben valorarse antes de iniciar terapias que reduzcan la respuesta inmunitaria.

La prevención integral incluye salud oral, porque las infecciones dentales y periodontales pueden complicar el control metabólico y el estado general de personas con enfermedades crónicas. En la educación sanitaria puede ser útil facilitar recursos de salud bucal junto con las recomendaciones sobre vacunación, higiene respiratoria, ejercicio y adherencia terapéutica. Esta visión evita presentar la vacuna como una intervención aislada.

La comunicación clínica debe explicar beneficios absolutos, efectos adversos esperables y límites de la protección. Una vacuna no garantiza que nunca aparezca una infección, pero puede reducir la gravedad, las complicaciones y la necesidad de hospitalización. Registrar la dosis, el producto, el lote, la fecha y el lugar de administración permite completar correctamente las pautas y evita repeticiones innecesarias.

Integrar la vacunación en la medicina de familia

La revisión oportunista funciona mejor cuando se vincula a momentos asistenciales ya establecidos: control de diabetes, consulta por exacerbación de EPOC, revisión de la función renal, preparación para diálisis, alta hospitalaria o valoración preoperatoria. Los avisos en la historia clínica pueden identificar pacientes pendientes, aunque necesitan supervisión para no generar recomendaciones duplicadas o desactualizadas.

La coordinación entre medicina de familia, enfermería, nefrología, neumología, endocrinología y los servicios de prevención mejora la continuidad. En pacientes con pautas complejas, un plan escrito con fechas previstas y motivos de cada vacuna reduce errores. También permite adaptar el lenguaje a las preferencias, el nivel de alfabetización sanitaria y las experiencias previas de la persona.

Para los MIR y profesionales de atención primaria, la novedad más útil de 2025 no es memorizar una lista fija, sino aprender a traducir las recomendaciones de riesgo a decisiones individualizadas. La pregunta clínica central es qué infección puede causar mayor daño a ese paciente, qué vacuna está indicada hoy y qué antecedente puede modificar la pauta. La respuesta debe apoyarse en el calendario oficial, la ficha técnica y la evaluación crítica de la evidencia.

Actualizar el estado vacunal durante todo el año permite llegar a las campañas respiratorias con menos oportunidades perdidas y detectar con antelación a quienes necesitan vacunación frente a hepatitis B, neumococo o herpes zóster. Incorporar esta revisión a la práctica habitual convierte la prevención en una intervención longitudinal, medible y centrada en la persona.

Incluya la comprobación vacunal en la próxima consulta de cada adulto con diabetes, EPOC o enfermedad renal, documente las decisiones y coordine las dosis pendientes con su equipo de referencia. La protección más eficaz en 2025 será la que se identifique a tiempo, se explique con claridad y se complete según el riesgo individual y las recomendaciones locales.